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Tue, 08/21/2018 - 17:11

Caldas, un destino para volver al origen

Un recorrido entre fincas cafeteras, bosques de niebla, pueblos patrimonio de Colombia, palmas de cera, historias y café. Un viaje para reconectarse con lo más autóctono, parar, respirar y sonreír.

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Llegar a Manizales ya es toda una aventura. Las montañas, la niebla y los constantes cambios de clima hacen que aterrizar en el aeropuerto La Nubia o llegar a la capital de Caldas por carretera desde las principales ciudades del país esté lleno de sorpresas.

Caldas es uno de los departamentos más biodiversos de Colombia, caracterizado por su amplia geografía y variados microclimas. Alcanzando alturas de los 5.321 metros sobre el nivel del mar en el Nevado del Ruiz y municipios ubicados a 173 m.s.n.m. a las orillas del río Magdalena.

Hablar del carisma y la calidez de las personas puede ser subjetivo, pero en Caldas no hay cómo negar que es una realidad. Los caldenses sonríen, comparten, cuentan historias, recitan poemas, cantan y se inventan cuentos. Al ritmo de un tango, un bolero o un pasodoble, acompañados por un delicioso café o unos tragos de Cristal, hablan de amores y desamores, de montañas y canciones, de la guerra que algún día vivieron en carne propia, de sus abuelos... Caldas es una tierra que nos hace volver a nuestras raíces, sin importar donde nació usted.

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Don Pedro Nel, en su tradicional cantina La Última Lágrima, desde hace 12 años anota en un cuaderno el nombre de todos los muertos que entierran en el cementerio de Salamina. “En enero se fueron 9, en febrero 11, en marzo 11 también, en abril 10, en mayo 5, en junio 14, en julio 9, el último que pasó por acá fue Luis Enrique Cano Mejía”, cuenta.

Salamina, uno de los Pueblos Patrimonios de Colombia, es para perderse en el tiempo. Se le llama “Ciudad Luz” por ser cuna de hombres ilustres para la historia regional y por tener una luminosidad especial que se manifiesta en los registros fotográficos y en el evento anual de cada 7 de diciembre conocido como La Noche de las Luces y el Fuego. Por su conservación arquitectónica, el centro histórico de Salamina fue declarado bien de interés cultural de la nación en 1982.

Perderse entre sus montañas, visitar sus murales, conocer la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción, probar la tradicional macana o los huevos al vapor y disfrutar de la pila de Salamina, un pedacito de Francia en el corazón del pueblo, son algunos de los imperdibles.

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Don Rogelio tiene uno de los tradicionales yipaos, un Jeep Willis que se convirtió en símbolo de la cultura colombiana. Camino a San Félix, el corregimiento lechero de Caldas, conversa sobre sus aventuras de vida, cuando perdió un pedazo de su dedo, de la posibilidad de hacer parte de una cooperativa de turismo, del rico sabor del kumis del corregimiento, de que solo en el campo se encuentra comida de verdad y de que no es muy creyente, pero eso no le impide ser bueno.

Llegando a San Félix, tan afectado por el conflicto armado, ahora tan tranquilo, silencioso, colorido, entre montañas verdes, flores de colores, pocos niños, más ancianos y, como si fuera común verlo, se empiezan a ver cientos de nuestro árbol nacional. “A los europeos que vienen les sorprende mucho cuando ven las palmas. Para nosotros era normal verlas; cada día entendemos más su valor”, dice don Rogelio.

En este corregimiento de Salamina está el Valle de la Samaria, donde algunos aseguran que está el bosque de palma de cera más grande del mundo. Estas palmas nativas de los valles altos andinos, tan fuertes e imponentes, se levantan sobre las montañas fértiles que hoy son testigos del crecimiento de alimentos, palmas, flores, truchas y turistas comprometidos con la sostenibilidad.

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Neira, otro municipio caldense, fue fundado en 1842 por un grupo de inmigrantes antioqueños. La tranquilidad o la buena comida, como dice don Rogelio, pueden ser las claves para que este pueblo tenga la población más longeva de Colombia. Neira, con sus tradicionales fondas, cascadas, miradores y su fábrica de corcho, le abre la puerta a nacionales y extranjeros que disfrutan de una buena conversación, un aguardiente, un pan de yuca, un corcho y, claro, un buen café.

En este municipio de sombreros y ruanas, se puede disfrutar con mayor intensidad el Paisaje Cultural Cafetero, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco. En la Finca del Café Tío Conejo, una tradición oral convertida en la marca de algunos de los mejores cafés especiales de Colombia, se puede hacer una visita personalizada para aprender todo acerca de este producto y lo que significa ser colombiano en medio del Paisaje Cultural Cafetero.

A veces olvidamos quiénes somos, los sentidos se esconden, no vemos, ni oímos, ni olemos de verdad. Muchas veces tenemos la inmensidad de la vida ante nosotros y no nos damos cuenta. El silencio de las montañas y las historias de su gente a veces nos recuerdan lo importante que es parar, agradecer y respirar.

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* Invitación del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo y Fontur.

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