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10 Sep 2018 - 12:00 AM

Otras lecciones de Pékerman

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Por Bernardo Congote

En respuesta al editorial del 6 de septiembre de 2018, titulado “Las lecciones de José Pékerman”.

Su editorial de septiembre 6 (“Las lecciones de José Pékerman”) ciertamente deja lecciones, pero tal vez otras diferentes. Si en el país de los ciegos el tuerto es rey, Pékerman fue nuestro rey. Famoso en Argentina por ser un buen conversador en Colombia, es famoso en Colombia por vender jugadores en Argentina. Completó por estas tierras varios años durante los cuales no hemos ganado un solo título en fútbol. Entre tanto, sí hemos sido campeones mundiales de ciclismo, patinaje, atletismo y pesas. Pero mientras a la selección de Colombia la salen a recibir millones de desocupados, a los deportistas que acostumbran hacerse campeones mundiales apenas si los reciben sus familiares.

En el país del rey tuerto, los entrenadores de campeones mundiales nunca saben si les renovarán el contrato. Pagado, además, en humildes pesos. Pékerman, pagado en millones de dólares por lograr nada, tuvo sufriendo a varios mediocres esperando a ver qué decide. Ningún otro deporte ha ganado tan poco como el fútbol. Y ninguno suele ser acogido en masa como si se hubiera triunfado. Tiene su lógica. Colombia, el país de los ciegos, se desnudaría, peor, como un país de perdedores.

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El fenómeno Pékerman devela que nuestro fútbol es una excelente fotografía de nuestros peores valores. En Colombia, el fútbol se juega sin goles. Por ejemplo, los llamados delanteros no hacen goles; suelen hacerlos los defensas. Y si fuera poco, sus dirigentes son expertos en negociados. Uno de los más famosos reposa hoy en una cárcel de Nueva York. (Si es que no ha negociado con los gringos también). Sobre el otro viene indagando la Superindustria y Comercio.

Pero es que así vivimos casi todos. De la misma manera que somos campeones de los empates, de las derrotas o de los “goles de Yepes”, casi todas nuestras empresas, colegios, universidades y entes políticos nadan en la piscina de la mediocridad. También cada colombiano mete muy poquitos goles. A Maturana, el único colombiano que nos lo dijo de frente, lo echamos a las patadas. Quiso mostrarnos que la selección jugaba igual a como vivíamos, pero esa verdad no nos gustó. ¡Todavía no lo perdonamos!

Colombia ocupa lugares mediocres en casi todos los importantes indicadores: democracia o competitividad. Pero ocupamos los mejores lugares de los peores indicadores: distribución de ingresos, narcotráfico, magnicidios, propiedad de la tierra, microcidios, bandas criminales, paramilitarismo, número y tipo de iglesias, etc.

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Y la peor señal es que, siendo un país perdedor, se autocalifica como feliz. De los más felices del mundo, por si quedaran dudas. Un país que se permite que miles de desocupados salgan un jueves laboral a las 12 del día a recibir una selección futbolera derrotada no puede ser feliz. Sólo duerme despierto. Eso sí, aupado por numerosos pastores politiqueros, riquísimas iglesias, abundantes quirománticos y mediocres gremialistas. Estos son los verdaderos ganadores en una sociedad perdedora. Varios de ellos actúan como hienas alimentándose de los desechos.

¡Ah! Y Pékerman se fue ¡decepcionado! (Nos lo merecemos por perdedores).

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