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Hace 24 mins
Construir democracia

Jaime Vidal Perdomo (1931-2018): maestro del derecho público

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Su vida y obra son un ejemplo a seguir por la juventud universitaria democrática.

Conocí a Jaime Vidal Perdomo en el decenio de los 60, cuando él ya había iniciado su carrera profesoral y yo terminaba mis estudios de abogado y socioeconomista. Desde nuestro primer encuentro, para mí estuvo clara su vocación por el derecho público y su concebida eticidad. Al revisar su itinerario como profesor universitario, sabemos que fue titular y honorario de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional; titular, honorario y emérito del Rosario; titular del Externado de Colombia y decano de Derecho de la Universidad de los Andes.

Amén de sus múltiples publicaciones —en revistas especializadas— podemos destacar los siguientes libros: El federalismo. Ediciones Rosaristas. Bogotá. 1999; La región en la organización territorial del Estado. Centro Editorial Universidad del Rosario. Bogotá. 2001; Derecho administrativo. 13ª edición. Editorial Legis. 2008, y Derecho constitucional general e instituciones políticas colombianas. 9ª. edición. Editorial Legis. 2006.

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Sabemos, también, que su magnífica labor como profesor la acompañó del ejercicio de la función pública como secretario general del Ministerio de Agricultura, asesor y subgerente jurídico del Incora, secretario jurídico de la Presidencia de la República, senador, concejal de Bogotá, embajador en el Canadá, y conjuez de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte Constitucional. Complementariamente, se distinguió por sus valiosos aportes como miembro honorario de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, con la que la realizó varias publicaciones y de la que fue su primer vicepresidente.

Tomando distancia frente a su labor universitaria y como funcionario público, conocemos su magnífica experiencia como uno de los orientadores básicos de la reforma del 68 que —en unión del maestro Echandía— fue estructurada e impulsada por el señor presidente, Carlos Lleras Restrepo, facilitándose la incorporación a nuestros textos legales de los nuevos contenidos de la justicia social y de otras instituciones adaptables a nuestro derecho constitucional y administrativo.

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En los últimos años de su apasionante y consagrada labor como tratadista, nos reuníamos esporádicamente a almorzar, para intercambiar puntos de vista sobre las orientaciones políticas de nuestros gobernantes y los descuidos e ignorancias respecto de la importancia del fortalecimiento de las instituciones públicas, dentro de los preceptos de la moderna democracia. En esos diálogos, me manifestó su preocupación por los desajustes que se provocaron en los avances que habíamos obtenido de la inspiración orientadora del Preámbulo de nuestra Constitución. Complementariamente, intercambiamos opiniones en torno a las implicaciones que se han derivado de la expansión del narcotráfico, el paramilitarismo, la minería ilegal, las bandas criminales, sus diversas combinaciones y la incidencia en la descomposición paulatina de los partidos políticos, convertidos en “burdas empresas electorales”.

Personalmente, fue muy satisfactorio y conmovedor acompañarlo en el último Acto Solemne en que fue condecorado por la Universidad del Rosario. Ese día repasé —vertiginosamente— su obra magnífica de intachable jurista y maestro.

Y unas notas finales: en inolvidable Sesión Solemne, organizada por la Academia Colombiana de Jurisprudencia el 8 de mayo de este año, tuvimos el gusto de contar con la presencia de su esposa Clarita, sus hijos Diana, Carolina y Jaime Alejandro, y dos de sus hermanos, con motivo de la develación del óleo elaborado en su honor. Allí, pudimos oír anécdotas significativas sobre el esposo, padre y miembro de una familia numerosa. Cuán grato haber oído el testimonio de su hermano Augusto, quien nos narró su calidad de magnifico chalán y admirador de los mejores valores campesinos, hasta el fin de sus días. Así mismo, fue muy grato escuchar los apropiados comentarios de Cesáreo Rocha Ochoa y de Augusto Trujillo Muñoz quien recabó —con precisión— las dotes de maestro de Jaime y su juiciosa labor como uno de los continuadores responsables de la obra del maestro Echandía que, en buena hora, sigue siendo actualizada por el eficiente trabajo del consagrado profesor Carlos Mario Molina e ilustres miembros de la Academia.

Frente a la gran crisis estructural por la que atraviesa nuestro sistema político, el ejercicio de la profesión y las conductas nocivas de algunos magistrados, la vida y obra de Jaime Vidal Perdomo es un ejemplo a seguir por las juventudes universitarias y, especialmente, por los estudiantes de Derecho y Ciencias Jurídicas y Políticas que deseen comprometerse seriamente en el fortalecimiento de nuestros valores democráticos, la institucionalización de la equidad y la recuperación de las prácticas éticas, en el ejercicio de la política y de nuestra bella y profunda vocación.  

roasuarez@yahoo.com

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