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21 Ago 2018 - 10:00 PM

El cambiante estatus de la verdad

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La afirmación de Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York y abogado defensor de Donald Trump, de que “la verdad no es la verdad” es tan sólo un ejemplo de la decadencia palpable de la verdad y los hechos como árbitros del debate público y guías de la toma de decisiones en el mundo de hoy.

La pregunta de cómo hemos llegado a semejante estado orwelliano, en el que los “hechos alternativos” proliferan y las opiniones y sentimientos ejercen igual o mayor influencia que las evidencias empíricas, no es sencilla de responder. Si bien algunos atribuyen la era de la posverdad a la generalización de la mentira, esa táctica “maquiavélica” es vieja en la política, igual que la del doble discurso para distorsionar realidades determinadas (como la de los “falsos positivos” en Colombia) y así manipular la opinión pública.

Lo que es distinto es nuestra relación actual con los hechos, la cual se ha visto profundamente afectada por las tecnologías de la información y la comunicación, así como la globalización. En su conjunto, éstas han ido erosionando la idea de que existe una realidad sobre la que es posible y deseable construir verdades de forma consensuada y democrática.

El primer motor detrás de dicho cambio tiene que ver con la abundancia comunicativa. Al tiempo que internet y las redes sociales han fomentado transformaciones mundiales positivas, entre ellas la creación de públicos transfronterizos y el ejercicio robusto del activismo frente a asuntos críticos como la corrupción, la violencia contra las mujeres y las minorías, o el deterioro ambiental, entre sus efectos negativos se destaca la tendencia a vivir en burbujas informativas que confirman nuestros prejuicios y convicciones existentes, nos rodean de personas que piensan igual y nos alimentan de contenidos consistentes en nuestras preferencias. El conocimiento experto también ha ido perdiendo credibilidad. En parte, ello se debe al uso deliberado del engaño por parte de actores poderosos para sembrar duda e ignorancia, práctica conocida hoy como la agnotología y evidente en problemáticas como el cambio climático, el consumo de tabaco, el racismo y, en el contexto colombiano, la fumigación de cultivos ilícitos con glifosato. En la medida en que crece la duda, las personas acuden más a la intuición que a la información —sobre todo cuando ésta es disonante—, lo cual refuerza la burbuja anteriormente señalada.

No menos significativo, el crecimiento de sensaciones de resentimiento, abandono y desespero entre millones de habitantes del mundo, fomentado en buena medida por el crecimiento de las asimetrías en la riqueza, la falta de oportunidades y la inoperancia de los estados y la democracia para resolver algunos de los problemas más acuciantes de la humanidad, nos hace más susceptibles a la ignorancia colectiva, sobre todo cuando cualquiera puede volverse “experto” sobre cualquier tema, como la amenaza planteada por la migración.

Si bien es posible denunciar y resistir los excesos de la demagogia y el populismo —cuyo caldo de cultivo es la posverdad—, qué hacer en un contexto global, en el que la pérdida de estatus de los hechos y la verdad ha posibilitado un silencio creciente acerca de problemas como la desigualdad, la militarización de las sociedades o la degradación del ecosistema, constituye uno de nuestros principales desafíos.

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