::: Header: El Espectador |
×
Hace 30 mins

Apuesta por un nuevo país

Publicidad

Como suele ocurrir cuando un candidato de izquierda apunta en las encuestas en cualquier proceso electoral en América Latina –sobre todo cuando se considera “populista”– el empresariado, las multinacionales, los inversionistas, los medios y algunos gobiernos extranjeros se apresuran a advertir sobre los peligros que éste representa para la democracia y la economía, incluyendo el liderazgo autoritario, el derrumbe de las instituciones, la expropiación de tierras, empresas y riqueza, el retorno al proteccionismo, el gasto irresponsable e incluso, la pérdida de empleos en el sector privado. 

Desde que Andrés Manuel López Obrador compitió por la presidencia por primera vez en 2006, ha sido acusado de todo esto y también de querer convertir a México en Venezuela (¡otro castrochavista!).  Y sin embargo, los mercados y el peso mexicano no han dado señas ostensibles de preocupación por su aplastante triunfo. 

Si el exitoso paso de AMLO por la alcaldía de Ciudad de México entre 2000 y 2005  –que incluyó sorpresas como la alianza con Carlos Slim para recuperar el centro histórico y la contratación de Rudy Giuliani para combatir la inseguridad– ofrece alguna pista de cómo será su gobierno, es de esperar que combine sus rasgos de ideólogo, izquierdista y populista-nacionalista con los de pragmático y negociador. 

Publicidad

Favorecerá la intervención del Estado en la economía, que estima necesario para corregir las injusticias creadas por el neoliberalismo, pero no se opondrá al capitalismo, el libre mercado, las multinacionales ni el NAFTA.  Defenderá el aumento del gasto público en educación, salud y pensiones con miras a atender los graves problemas de pobreza y desigualdad que aquejan a México, pero mantendrá la disciplina fiscal.  Respetará la autonomía de entes como el Banco de México y la Corte Suprema.

Buscará una relación cercana y de cooperación con Estados Unidos sin tolerar el matoneo de Trump.  No intentará tumbar la reforma energética implementada por Enrique Peña Nieto, que permite la inversión privada y extranjera en Pemex. Desarrollará una política de cero tolerancia frente a la corrupción y la impunidad. Y ha planteado la posibilidad de dialogar con el crimen organizado y amnistiar algunos de sus miembros con miras a reducir la inseguridad terrorífica en el país.

Con mayorías holgadas en la Cámara de Diputados y el Senado, así como gobernaciones clave como Ciudad de México, AMLO tendrá un mandato político aún más amplio que el histórico 53% del voto que obtuvo para la Presidencia y el control legislativo necesario para realizar las reformas que propone, aunque queda por verse cómo las financiará sin aumentar los impuestos ni el déficit público, y cómo administrará los intereses divergentes de su coalición, Juntos Haremos Historia, que incluye su partido, Morena, el PT maoísta y el PES evangélico. 

Publicidad

El discurso esperanzador y reconciliador que ofrece AMLO –de cambios profundos con apego a la legalidad y transformación radical sin ruptura del orden existente– contrasta con el catastrófico legado de Peña Nieto y los partidos tradicionales, consistente en un lánguido crecimiento económico, tasas de pobreza de 50%, corrupción rampante, violencia en espiral y arrodillamiento ante las repetidas humillaciones de Trump.  Tal vez por esto, más de 30 millones de mexicanos decidieron apostarle a la posibilidad de un nuevo país.

Publicidad