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Hace 35 mins

Michelangelo Pistoletto: ‘sin responsabilidad no hay libertad’

En la segunda edición de Bienalsur se lanzó el “Circuito Pistoletto”, un itinerario artístico de espacios intervenidos por el creador italiano. Su obra, sobre la forma como el ser humano convive con la naturaleza, se presentó en la semana más concurrida de la bienal.

La “Venus de los trapos”, ubicada en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, fue creada en 1967. / Cortesía Bienalsur
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Sobre los colores de Caminito, en La Boca, Buenos Aires, Michelangelo Pistoletto obedeció las indicaciones de la fotógrafa de Bienalsur. “Por favor, maestro, quítese el sombrero. Mejor póngaselo. Eso, así. ¿Y si sonríe?”, le decía, y él, complaciente, posaba con la seguridad de un hombre consciente de su elegancia. Después se acercaron los periodistas hispanos a entrevistarlo. Respondía las preguntas en español y se esforzaba por alargarlas, por profundizar. De Suramérica dijo que era un mundo aparte y que sus creaciones eran otros universos que a él lo fascinaban. Rescató el entusiasmo de su gente por el arte, pero quiso aclarar más de una vez que la intención de su obra tenía que ver con dejar de buscar diferencias entre naciones. A Pistoletto le interesa buscar puntos de convergencia y a eso se ha dedicado con sus creaciones, que pretenden tatuarle al público un mensaje que repitió varias veces en sus respuestas: “Este mundo se cae pedazos y debemos responsabilizarnos”.

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El circuito del italiano en Bienalsur, que se divide en cinco obras repartidas por diferentes puntos de Buenos Aires, incluye su icónica Venus de los trapos y el Tercer paraíso, dos creaciones que resaltan los contrastes entre el universo natural del que provienen los humanos y el artificial, creado a partir de la tecnología y la destrucción de los orígenes.

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La Venus de los trapos, ubicada en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue creada en 1967, después de una coincidencia que se le reveló en su taller. La estatua, inspirada en la legendaria Afrodita de Knidos de Praxiteles, la primera mujer desnuda del arte griego, llegó al estudio de Pistoletto para sostener los trapos con los que limpiaba sus producciones. Cuando se fijó en la posición de la mujer congelada, que se enfrentaba a esos pedazos de tela que él desechaba, identificó los dos símbolos convertidos en un mensaje certero: la estatua de una mujer que representa un ideal de belleza transmitido a través de los siglos, sobreviviendo a los desperdicios del consumismo.

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El arte, la figura humana, la naturaleza, resultan casi aplastadas por la multiplicidad de objetos potencialmente interminables de un capitalismo convertido en el dios de los dioses. Pistoletto, que alguna vez dijo “prefiero pensar que creer en un dios”, creó obras ingeniosas que en su forma se diferencian, pero en esencia transmiten un mensaje que él repite sin descanso: el arte no solamente es para los artistas y los humanos deben hacerse responsables de su existencia en este planeta tan atropellado, tan ultrajado, tan decadente.

El artista, reconocido por ser uno de los artífices y representantes del arte povera, movimiento artístico que reflexiona sobre las herramientas con las que el arte se construye y que recurre a objetos “pobres” o que se valoran por sus cambios, no por su valor, resaltó, casi obsesivamente, su preocupación por la falta de conciencia con la que se respira aire contaminado, se consumen productos livianos y se relega al arte por la falta de voluntad para pensar.

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Otra de las intervenciones del italiano fue la que se llevó a cabo justo al frente del museo Benito Quinquela Martín, en el barrio de La Boca. Su Terzo Paradise consistió en instalar 3.000 botellas plásticas en el Riachuelo, que simbolizan la utopía del arte como recurso para modificar la sociedad. Lo que se formó fue el símbolo del infinito, que servirá como barrera recolectora de la basura superficial de las aguas del Riachuelo, el río más contaminado de la Argentina. Con esta instalación, Pistoletto rediseñó el símbolo y en el centro del famoso ocho recostado dibujó un tercer círculo. El híbrido entre dos mundos: la naturaleza del ser humano y el paraíso artificial representado por la tecnología.

El Tercer paraíso de este artista es entonces otro testimonio de sus convicciones: “La expresión personal no es suficiente, hay que llevarla a la acción. El arte es mi forma de trabajar por mi identidad de la mano de la responsabilidad y la libertad. No pueden existir estos conceptos si están separados. El tercer paraíso es eso: los dos laterales simbolizan la libertad que debe vivirse con responsabilidad y el tercero es la unión de los dos: una nueva forma de vivir juntos”.

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Pistoletto, que recibió un diploma firmado por todas las instituciones que trabajaron bajo sus indicaciones para la elaboración de esta instalación, fue reconocido como huésped de honor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Las botellas, pintadas con los mismos colores de Caminito, fueron recolectadas y adornadas por niños residentes del barrio, que con el ejercicio conocieron al artista italiano y a uno de los símbolos más respetados y homenajeados de la ciudad: Benito Quinquela Martín, de quien justo al frente del museo que lleva su nombre hay una estatua que recuerda sus frases: “He querido que el hombre común se reconozca en mi obra, que sienta que su tarea también tiene grandeza, que aprenda a gozar de la belleza, de la luz, del color…”.

Las obras del italiano refuerzan el mensaje que ya varios artistas han intentado transmitir: sin reacción ni conciencia, los seres humanos somos potencialmente peligrosos, y las alarmas resuenan por cada rincón de planeta. Pistoletto, sensible a la belleza pero también a la sistemática destrucción de lo esencial, se esfuerza por que sus obras griten tan fuerte como para retumbar en los oídos de los sordos que aún creen que el mundo tiene tiempo.

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