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Sat, 09/08/2018 - 10:00

Tolstói y la búsqueda de la coherencia

A propósito de los 190 años del natalicio del gran escritor ruso, una semblanza de su vida.

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El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad. – Escribió Stefan Zweig en uno de sus ensayos sobre Rusia. – A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes.

Había publicado una biografía poderosa de Tolstói, era bien conocido en Rusia su nombre por esos días. Septiembre de 1928, la celebración de los primeros cien años del gigante de la literatura rusa; ahí estaba Zweig el mismo día de su llegada, improvisando una conferencia sobre Tolstói en la Ópera de Moscú. De esa visita publica un libro titulado Viaje a Rusia. Múltiples cosas emocionaron al escritor austriaco durante su estancia, dentro de ellas su visita a Gorki, pero nada se compara con el asombro que le despierta la sencillez y sobriedad de la casa del autor de Anna Karénina. Una tumba despojada de cualquier vanidad, sin nombres, epitafios o marcas. El silencio de un jardín, la plenitud del predio, hoy Museo Tolstói en Yásnaia Poliana. La quietud que merece la muerte. Un hombre narrado en la grandeza de su propia obra. (El reto de leer Guerra y Paz).

Tolstói había nacido en el seno de una familia aristocrática y desde esa posición había desdeñado el dinero. Fue un hombre lleno de contradicciones que supo hacerse justicia a sí mismo desde la búsqueda de la verdad. Anhelaba la coherencia, crecía en sus ideas y se reprochaba a sí mismo quien fue en el pasado. Cumplidos los cincuenta años ya contaba con una fama que hacía que su nombre sonara por toda Rusia. Los franceses tenían sus ojos puestos en la literatura que se hacía más allá de las estepas. Él, era el escritor que con un puñado de compatriotas había trascendido el poder de la idiosincrasia y la narrativa rusas. Los europeos estaban absortos y celosos de esa pretensión, se ensañaban contra el concepto de Goethe hacía la weltliteratur y el cosmopolitismo. Temían que Tolstoi, ese tipo fotogénico, austero y lleno de amor por la vida los opacara para siempre con una obra gruesa, que narraba lo más cruento de los suyos en personajes llenos de alma.

Se había casado con Sofía en 1862, él tenía 34 años y ella 18.  Se amaban con un amor animal, tenían ambos el temperamento inquebrantable, se amaban sí, pero ninguno estaba dispuesto a sucumbir ante las exigencias del otro. La misma noche de bodas, y sin saberlo, Tolstói había condenado su matrimonio al martirio. En un acto de irresponsabilidad o amor le confirió a su esposa el diario donde consignaba picardías y amantes desde la juventud. Todo desencadenó en los celos desesperados y la confianza rota. Sofía Behrs amaba a su esposo, pero no podía controlarlo y eso la desesperaba. (Tolstói por Tomás Eloy Martínez).

Luchar en la guerra de Crimea y presenciar una ejecución en público en París le hicieron aborrecer la violencia. Terminaría declarándose pacifista, incluso compartiendo correspondencia con Mahatma Gandi. Tolstói era un hombre lleno de preguntas, buscaba una forma más sublime de habitar el mundo en el cuerpo de un humano. Había renegado y orado al mismo dios, abandonó el consumo de animales queriendo declararse compatriota de todo lo que habitara la tierra. Su casa estaba siempre abierta, fundó una escuela allí para campesinos a los que enseñaba en libros que él mismo editaba.

En 1886 escribió Cuánta tierra necesita un hombre, era un cuestionamiento profundo que no cesó de hacerse en su vida llena de comodidades. Era también, quizás, una pregunta a él como escritor prolífico y consagrado. Cuánto, cuánto más necesitas Liev de la literatura. Con el ímpetu de su carácter decidió parar. Tal vez se preguntó todo esto antes de narrar a Pahom corriendo en la tierra de los bashkirs. James Joyce llegó a afirmar que era el mejor relato corto que había leído en su vida, él que había necesitado 18 capítulos para narrar un solo día de Ulises.

El cuento es casi una parábola, esa narración cosmopolita que había hecho chillar a los franceses. Un relato corto sobre la ambición que nos carcome a todos. Tolstoi no quería necesitar más, había renunciado a sus bienes a pesar de la oposición de su familia. Huyó de casa una semana antes de su muerte porque no soportaba más a la pobre Sofía. Creyó poder pasar de incógnito por toda Rusia y antes de lo que hubiera sospechado hasta el Zar le había mandado a buscar. Estaba huyendo del peso de su propia fama, de cada uno de los personajes de su obra. 

Se murió el 20 de noviembre de 1910 en la guardía del jefe de la estación de Astápovo. La nieve caía y Pahom recorría los pasos de su propio creador: Dos metros – de tierra –  de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba. Rusia entera lloraba mientras Chejov y Bunin se interpelaban:  –¡Cuando muera Tolstói todo se irá al carajo! –le dijo una vez Chéjov a Bunin. –¿Y la literatura? –preguntó Bunin. –La literatura también –concluyó Chéjov.

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