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Wed, 09/05/2018 - 11:56

¿Cuál es mejor estrategia de crianza: castigar o premiar a nuestros hijos?

Una opción puede bloquear al niño y, la otra, matar sus pasiones. Aunque no hay un manual de instrucciones que les sirva a todos, te damos algunas ideas que pueden ser útiles.

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Nadie nos enseña a criar. No hay una clase en el colegio o en la universidad. Una vez tenemos hijos, todo se soluciona a prueba y error. Y nuestros experimentos pueden ser un éxito o un fracaso. Además, hay que tener presente que en este proceso no hay un único manual, ya que los resultados dependen en gran medida de cada niño y su forma de ser, pensar y relacionarse. 

En su libro El olvido que seremos, el escritor Héctor Abad Faciolince contaba que su papá basaba la crianza en la libertad, la autonomía y la felicidad. Si él no quería ir al colegio, no iba. Así pasaran semanas y hasta meses. Su padre no estaba de acuerdo con obligarlo a ser infeliz, así que le daba su tiempo y, eventualmente, él volvía a estudiar, ya con ganas y ánimos renovados. Muchos expertos dirían que su método de crianza no era el adecuado, que los niños también necesitan disciplina y mano firme, pero a él le funcionó. El autor tuvo una infancia tranquila y feliz, y al crecer no fue un vago irresponsable.

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Pero cada caso es distinto y de un ejemplo no se puede sacar la norma. Recientemente, The New York Times publicó un texto en el que la psicoterapeuta Heather Turgeon justamente plantea eso: tanto los premios como los castigos tienen sus pros y sus contras. Por eso, durante la crianza, se debe ir calibrando el método a medida que entendemos a nuestros hijos y aprendemos qué es lo mejor para cada uno de ellos.

Entre el castigo y el premio

Según Turgeon, los castigos, en lugar de poner las cosas en orden, bloquean a los niños. El proceso de aprendizaje se pierde en medio del conflicto. “Provocan una reacción de lucha o huida, lo que significa que el pensamiento sofisticado del lóbulo frontal se nubla y se activan los mecanismos básicos de defensa. Los castigos nos llevan a rebelarnos, avergonzarnos o enojarnos, a reprimir nuestros sentimientos o idear cómo evitar que nos descubran”. Es lo mismo que pasa con nuestro jefe en la oficina: cuando nos señala que hemos cometido un error, así lo haga de la forma más delicada posible, tenderemos a defendernos, a justificarnos, a trasladar la culpa a alguien más.  

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Según esto, uno pensaría de inmediato: hay que seguir los pasos del papá de Héctor Abad Faciolince. En realidad, frente a esa libertad, que se parece tanto a un premio, también hay que mantener la distancia, ya que puede ser contraproducente. Algunos niños se acostumbran a los premios y ya solo hacen lo que se les pide si reciben algo a cambio: una paleta por tender la cama, un videojuego por una buena nota.

Por otra parte, se les condiciona para que disfruten el premio, no el camino para alcanzarlo; en esa medida, los padres van matando las pasiones de sus hijos. “Los niños a los que les gusta dibujar y, bajo condiciones experimentales, reciben una paga por hacerlo, dibujan menos que los que no reciben nada –explica Turgeon–. Los niños a quienes premian por compartir lo hacen menos, etcétera. Esto es lo que los psicólogos denominan como ‘efecto de justificación excesiva’: la recompensa externa eclipsa la motivación interna del niño”. En este camino, las recompensas también acaban con la creatividad, limitan la libertad de una mente creadora.

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A la hora de decidir cómo aproximarnos a nuestros hijos, debemos tener en cuenta que, por lo general, en el momento de castigar y de premiar somos los padres los que arrancamos con el pie izquierdo, ya que partimos de la idea de que los niños son pequeños demonios manipuladores que hay que poner en orden y moldear. Por esto, lo que Turgeon sugiere es que, para empezar, cambiemos nuestra forma de pensar: “Ver a los niños como capaces y programados para ser empáticos, cooperar, trabajar en equipo y esforzarse. Esa perspectiva cambia, de manera poderosa, nuestra manera de hablar con ellos”.

En la búsqueda de una transformación en la crianza, la especialista sugiere tener en cuenta estos consejos:

1.Buscar el trasfondo: si a un niño no le va bien en el colegio, si pelea mucho con su hermana o no le gusta la comida, generalmente hay una razón de fondo que vale la pena entender para abordar el problema desde la raíz: la base puede ser cansancio o dificultades de aprendizaje, así que hay que estar atentos.

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2. Motivar en lugar de premiar: la idea es que el premio no intente comprar su obediencia sino que sea un impulso para su bienestar. Por lo tanto, en lugar de un “Si no te portas bien no hay parque”, se le puede decir “Cuanto tu cuarto esté limpio vamos al parque, ¿te parece?”. 

3. Ayudar en lugar de castigar: en vez de reprenderlo por contestar feo, por ejemplo, sería bueno invitarlo a que nos explique por qué nos habló así y preguntarle de qué manera lo podemos ayudar para que se sienta mejor.

4. Despertar su interés por hacer cosas: “Los humanos no son perezosos por naturaleza (no es un rasgo adaptativo) y los niños, en particular, no lo son –asegura Turgeon–. Nos gusta trabajar arduamente si nos sentimos parte de un equipo. Los niños pequeños quieren ser miembros competentes de la familia y les gusta ayudar si saben que su contribución es importante y no puro teatro. Deja que te ayuden de una forma real desde sus primeros años, en vez de asumir que necesitan algún otro tipo de distracción mientras tú haces todo.

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