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Fri, 07/20/2018 - 13:39
Columnista

Vigilar y castigar

Las mujeres queremos disfrutar la individualidad de nuestra belleza, pero nos cuesta desvincularnos de la comparación salvaje inherente a nuestra cultura.

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America’s Next Top Model lleva 24 temporadas. Fue lanzada en el 2003 por la supermodelo y empresaria Tyra Banks, y su premisa es sencilla: un grupo de chicas (en algunas temporadas ha habido chicos y hasta mujeres trans) concursan semana tras semana con pruebas que les enseñan sobre el oficio de ser modelos. Siempre hay una ganadora y una perdedora que es eliminada. 

Tyra, que es una grandiosa performer, se presenta como la benévola –y a veces estricta– maestra y guía. Ella nos dirá que con su programa ha retado las concepciones tradicionales de belleza de la industria del modelaje, ya que en el programa ha habido concursantes de tallas grandes, con vitiligo o algún rasgo físico que las avergüenza. Tyra, entonces, les enseña a que ‘saquen el mejor partido’ a ese ‘defecto’, para que vendan la idea de que son únicas. 

Si uno se descuida un poquito y se deja atrapar por el poderosísimo smize de Tyra (su capacidad de sonreír con la mirada), puede llegar a creerse el cuento de que America’s Next Top Model tiene una agenda feminista. 

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Pero Tyra, en realidad, es una empresaria exitosa que ha hecho carrera a partir de nuestra misoginia. Desde los reinados de belleza estamos entrenados para disfrutar al ver a las mujeres ‘bellas’ competir. Encontrar sus errores y falencias nos hace sentir un poquito menos amenazadas. Esto de evaluar y criticar a las mujeres es un ritual que tenemos anidado en lo más profundo de nuestra cultura. 

En este sentido, el programa nos descubre, de la manera más cruda, dos mitos sobre la belleza: que no tiene nada de natural –es un proceso extenso y muchas veces doloroso de producción de la apariencia– y que  está relacionada con un comportamiento y una actitud, la docilidad. 

Prueba tras prueba, las concursantes tienen que aceptar que la mirada de otros (principalmente la de Tyra) se imponga sobre ellas. Quizás el momento más dramático es el de los makeovers” (o transformaciones), en los que las concursantes se tienen que someter a intervenciones no pedidas sobre sus cuerpos y, si se quejan o rechazan su nuevo look, son castigadas en la competencia. Lo mismo sucede con aquellas que en las fotos no ‘ponen de su parte’, otro de los eufemismos usados para ‘obedecer’. Y ni hablar de si se atreven a contrariar a uno de los jueces. Ronda un video en el que Tyra le grita a una concursante, porque se ha negado a aceptar las condiciones del juego. 

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America’s Next Top Model es una caricatura de lo que cada mujer vive al enfrentarse al performance de la belleza. Está el camino de la obediencia, muy celebrado pero muy doloroso, en donde el control de la voluntad y la disciplina son más estrictos que en el Ejército. O está el de retar los modelos y recibir el castigo social por apartarse del rebaño. La mayoría de las mujeres pasamos nuestros días en una negociación entre uno y otro, un trabajo mental que no es menor y que implica también plata y tiempo. Tendríamos que empezar a construir, entre todas, formas de belleza que celebren lo individual sin partir de la comparación salvaje, en donde no seamos víctimas y cómplices del castigo y la vigilancia.
 

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