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Sat, 07/21/2018 - 15:55
Columnista

A los seis meses me enteré de que estaba embarazada

Varios factores se sumaron para que no me diera cuenta antes. El principal fue que me diagnosticaran ovario poliquístico y me dijeran que no podría tener hijos.

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Supe que tenía una bebé en la barriga en febrero de este año, a punto de llegar a la semana 25 (son unas 40 en total). Mi bebé nació en mayo, así que fue como si hubiera tenido un embarazo de tres meses. Había visto casos parecidos al mío en televisión: mujeres a quienes les arrancaba un dolor intenso en la panza que las hacía pujar y, de un momento para otro, un bebé inesperado salía de su útero. Entre asombrada y maravillada me preguntaba cómo podía ser posible que una mujer no fuera consciente de los cambios en su cuerpo. ¿Acaso la regla no está para anunciarnos si el óvulo y el espermatozoide se encontraron o no? En lo que uno falla cuando se hace esas preguntas es en asumir que todas somos iguales. 

A mí, por ejemplo, me diagnosticaron ovario poliquístico hace ocho años. Mi menstruación no se caracterizaba por ser regular y, para rematar, el médico me explicó que sería muy difícil que tuviera hijos. Me dio la noticia con un “será casi imposible” en la mirada. Cuando me casé, sin embargo, le dije a mi esposo que de todas formas quería intentarlo, así que decidimos ensayar. 

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Todos los días, él me preguntaba si tenía náuseas o antojos. Yo siempre destrozaba sus esperanzas. No tuve síntomas que me hiciera sospechar y la regla se manifestaba de alguna forma, así fuera mucho más leve. Tampoco me crecía la barriga.  Solo hubo un mensaje claro que me mandó el cuerpo y que ignoré: hubo un momento en el que ya no quise más café. 

Ignorante de todo lo que pasaba en mi cuerpo, tuve un diciembre agitado. Tomé aguardiente (yo, que nunca tomo), estuve en una cabalgata, jugué paintball, monté en karts, me metí a la piscina, me caí… La vida siguió, como de costumbre. Tan normal era todo, que en enero conseguí trabajo y me hicieron exámenes médicos, pero no detectaron nada. 

En febrero tuve una cita médica para ver cómo iban mis ovarios. “Tienes el vientre muy inflamado –me dijo el médico–. O estás embarazada o algo grave puede estar pasando”. Me mandó a que me hiciera el examen de sangre y, efectivamente, salió positivo. Sentimos una emoción desbordada. Cuando algo imposible ocurre, no te cabe el espíritu dentro del cuerpo. 

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Unos días después fuimos a la primera ecografía y el médico nos soltó, sin anestesia: “Estás en la semana 24 con 5 días y es una niña”. Quedamos pasmados. ¿Cómo podía tener seis meses de embarazo si ni siquiera tenía barriga? ¿Cómo no me había dado cuenta? Al parecer Leticia se había acomodado hacia dentro, jugando a las escondidas. Y mis ovarios poliquísticos se encargaron del resto. Uno se afana: ¿será que está muy chiquita? ¿Lo que hice en esos meses la habrá afectado? El médico, no obstante, dijo que todo estaba en orden. Igual quedamos con una sensación rara, porque nos perdimos muchos controles, no pudimos hacernos la prueba de tamizaje para ver si tenía algún defecto genético y pusimos su vida en riesgo sin darnos cuenta. Pero no había otra opción que tener paciencia y confiar. 

Leticia nació completamente sana, pesó 3.305 gramos, midió 54 centímetros y lloró con ganas. De los bebés que llegaron ese día al hospital, fue la más grande. Con solo un mes, sostenía su cabecita, balbuceaba, intentaba pararse, movía los pies. Va a mil, para confirmarnos que esos meses en los que ignoramos su presencia no la afectaron, para hacernos saber que va a estar bien.

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