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Fri, 07/20/2018 - 18:40
Columnista

Los hombres que me enseñaron a maltratar mujeres

En nombre del amor y la unión familiar, muchas veces protegemos a familiares manipuladores, machistas y violentos.

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Recuerdo los rumores contados como chistes. Mi abuelo con una pistola apuntada a mi bisabuela, mientras mi abuela, mi mamá y sus hermanos huían del apartamento. “Qué tiempos”, decía mi abuela, con una sonrisa inescrutable que me hacía verlo todo con gracia; como una anécdota colorida. Por muchísimos años, él fue un chiste, seguido de un “hay que comprenderlo, está mal de la cabeza”. 

Luego entendí que esa fue la única manera en que mi familia aprendió a lidiar con el trauma causado por una persona violenta, a quien cuidaron hasta el final de sus días. 

Tal vez una de las características más complejas de la violencia de género intrafamiliar es que no es cometida por “monstruos”. El perpetrador no es una sombra, un demonio o una caricatura. Es, casi siempre, alguien a quien uno ama, alguien que tiene muchísimastas, entre esas, una que tiene el potencial de destruirlo todo. 

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Mi abuelo no fue el único hombre problemático en mi familia. Todas mis figuras masculinas de referencia han derrochado machismo tóxico y arrogante: gritos y amenazas alcoholizadas, manipulación emocional, celos perversos, infidelidades descaradas, humillaciones, extorsión económica. 

Pero, durante mi crianza, la mayoría de esos comportamientos estaban ocultos para mí, o eran presentados en medio de una normalización peligrosa: como chistes o como muestras de lo que un hombre puede hacer sin esperar consecuencia alguna. 

Tardé mucho en entender que esa es la manera en que las mujeres de mi familia, criadas dentro del machismo, negociaban sus realidades. Ellas también estaban lidiando por dentro (y aún lo hacen) con la disonancia cognitiva que genera el hecho de que la violencia no viene de un monstruo, sino de personas con miles de virtudes. 

El problema es que cuando permitimos que esos machismos se presenten sin ser cuestionados y sancionados, los escondemos y olvidamos que existen. En nombre del amor, de la “tranquilidad” y de la unión familiar, ignoramos lo terrible y nos concentramos en la luz. Tantas veces escuché a las mujeres de mi familia justificar a los hombres, admirarlos, que para mí también fue apenas lógico empezar a verlos como seres grandiosos. 

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Los hombres me enseñaron a maltratar a las mujeres. Las mujeres me enseñaron a querer a los hombres, a pesar de todo. 

Por eso el feminismo es tan complejo e incómodo: exige cuestionar esos equilibrios artificiales, los pactos ancestrales de silencio y complicidad, el dejar hacer, dejar pasar de la violencia de género. 

También, porque llena de complejidad al amor y nos hace una pregunta muy jodida: ¿qué hacemos cuando una persona que tanto queremos comete actos injustificables de violencia? ¿Lo seguiremos convirtiendo en un chiste?

@jkrincon

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