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Sun, 08/26/2018 - 09:40

Los días grises de una mamá primeriza

Los cambiantes estados de ánimo de una mujer que acaba de tener un hijo no deben alarmarnos; es una etapa tan normal que tiene un nombre: puerperio. Vale la pena, no obstante, entender qué es lo que pasa y cómo manejar la situación.

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Todo estaba bien, pero yo estaba mal. Llevaba dos semanas ya en casa después de haber tenido a mi hijo vía cesárea. El niño estaba perfecto. Mi novio cumplía a cabalidad su nuevo rol de papá. Caía en algunas torpezas, como yo, pero en ese momento  pensaba que las más graves las cometía él, casi a propósito, y yo era prácticamente la mamá de todas las mamás del mundo, la más sabia.

Mi mamá, internada en mi casa, me consentía, atendía también al niño y cumplía su papel de cuidandera. Pero yo me sentía mal. Triste hasta la médula. Agobiada, cansada, adolorida. Agotada. Cuestionada. Asustada como nunca antes. No me arreglaba,  pasaba días seguidos con la misma  pijama y lo único que me daba calma y certezas era amamantar. La lactancia se convirtió en  mi refugio. Cuando estábamos los dos, tan pegaditos y conectados, yo sentía que todo ese revuelto de emocioemociones que tenía en mi mente se desvanecía. Pero una vez volvía a la realidad, me sentía mal de nuevo.

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Uno de esos días negros, en los que el frío doloroso de Bogotá y la lluvia reforzaban mi estado de ánimo, decidí buscar en Google todo lo relacionado con mis sentimientos: “depresión posparto, posparto, sentirme mal después de un parto, llanto después del parto…”. Afortunadamente, Google nos da una infinita lista de posibilidades y pude encontrar el nombre exacto de lo que me pasaba: estaba atravesando el puerperio. Salí feliz de la habitación a contarle a mi familia que ya, por lo menos, podíamos  ponerle nombre a mi malestar, ese que además los afectaba a ellos, quienes tuvieron que aguantarme casi una semana con esos síntomas inexplicables.

Ponerle nombre me tranquilizó. Supe que era un periodo normal, que atraviesan las mujeres después del parto, en el que pueden experimentar cambios hormonales (caen los estrógenos y la progesterona) que generan todo tipo de sentimientos. Antes del parto le hablan a uno de los tipos de caca que puede hacer el bebé (de esto hasta nos mostraron fotos en el curso psicoprofiláctico), de los cuidados de la cesárea o de la forma correcta de bañar por primera vez al bebé, pero nunca  mencionan la palabra puerperio. Ni siquiera nos dejaron de tarea de investigar sobre esa palabra tan importante.

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Entonces, las llamadas que me hacían mis amigas para averiguar sobre el estado del nuevo integrante de la Tierra empezaban con un amistoso: “El niño bien, pero yo estoy en medio del puerperio”. Y, como toda una sensei de la maternidad, daba paso a  una breve explicación del asunto. Lo nombraba varias veces para hacerlo real, tangible y menos agobiante.

Y pasó. Ese periodo duró aproximadamente ocho días y llegué a pensar que sufría de  la famosa depresión posparto (de la   ue se habla con más frecuencia,  por lo menos entre las  mamás). Tuve miedo. Pedía que la cosa no empeorara, sino  que mejorara, que lo mío fuera solo el dichoso puerperio y no algo más grave. Siempre  he temido más por mi salud mental que por alguna dolencia física. Y,imosamente, la salud mental de las mamás es un tema menor, que, por lo general, se aborda  demasiado tarde. No es un asunto que se maneje con anticipación ni con suficiente información, como debería ser. Para que 
un recién nacido esté bien, la mamá debe gozar de salud física pero, sobre todo, mental. Todos a su alrededor deben estar  atentos para reaccionar a tiempo y asegurar un ambiente de tranquilidad.

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