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Hace 1 min
Columnista

Las víctimas también podemos ser malas

Tenemos cicatrices que determinan la manera como asumimos nuestro lugar en el mundo y que pueden llevarnos a actuar de maneras que despreciamos.

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Me he metido al Facebook de algunas exparejas, he sido posesiva, me he obsesionado, he puesto cachos y he sido moza, he hecho daño y defraudado a personas que confiaron en mí, he engañado, he manipulado para sacar verdades con mentiras, he insultado, he golpeado, he gritado y he culpado y humillado sin una pizca de empatía.

Reconocer mis propios monstruos en terapia ha sido la segunda etapa más dolorosa, después de aceptarme como víctima. Darme cuenta de que a varias situaciones de violencia no les llamaba por su nombre, porque no las reconocía como tales, se sintió como un tiro al corazón.

Saber que la rabia contra mis agresores  también la sentía alguien como consecuencia de mis acciones trajo culpa y autoflagelación: “Hipócrita, ¿cómo hablas de violencia y activismo si tú has hecho daño”. Claro, no puedo naturalizar la violencia en mi contra con la justificación de que es un castigo por haber sido mala con otros, pero reconocer mi posibilidad de maldad cambió la forma en la que interpretaba mis experiencias con la violencia.  

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Los estereotipos de víctimas y agresores pueden ser obstáculos para cicatrizar nuestras heridas. Y es que en las cicatrices parece estar el nudo de todo.

Marie-France Hirigoyen dice en su libro El acoso moral que las personas que maltratan psicológicamente, específicamente los que denomina como perversos narcicistas, encuentran equilibrio cuando descargan sobre un chivo expiatorio “el dolor que no sienten y las contradicciones internas que se niegan a percibir”. Los narcicistas “hacen daño porque no saben existir de otro modo. A ellos los hirieron durante su infancia e intentan sobrevivir de esta manera. Esta transferencia del dolor les permite valorarse en detrimento de los demás”. 

Ese sufrimiento profundo que se niegan a encarar hace que se sientan vacíos por dentro, inferiores.  Agrega que “si los perversos narcisistas se dieran cuenta de su sufrimiento, algo nuevo empezaría para ellos que supondría el final de su funcionamiento anterior”. Los perversos narcisistas son víctimas con heridas abiertas que se niegan a curarse por el miedo al dolor que producen los procesos de desinfección y cicatrización. 

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Hay que entender a las víctimas y a los victimarios de forma más compleja. Que yo tenga una miniperversa narcisista que se ha activado en algunos momentos de mi vida me obliga a verme más humana, a aceptar que soy imperfecta. 

Enfrentar la maldad con responsabilidad y apostarle a la pedagogía  –en vez de los castigos y los señalamientos desde la superioridad moral– es una opción más transformadora a largo plazo. La empatía con el enemigo y con uno mismo es la forma más revolucionaria de responder al odio con amor. 

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